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Y van tres

Por Juan Castromil ,

Soy un convencido de las bondades de la Wii de Nintendo desde que la probé por primera vez a finales de verano. Su forma de juego representa para mí una aproximación mucho mayor a lo que serán las consolas de nueva generación que la que pueda aportar la alta definición o los procesadores de varios núcleos. No voy a enumerar ahora las características de unas u otras, pero si voy a comentar algo que me tiene tremendamente intranquilo (incluso temeroso).

Quitando las invitaciones de prensa, he podido disfrutar de la Wii tan sólo en tres ocasiones y los resultados son, al menos eso creo, preocupantes. La primera vez jugué durante toda una tarde en casa de Mr. GadgetoBlog y al día siguiente aparecieron las famosas “aWiijetas” (término acuñado por PixelyDixel). La segunda tarde, una semana después, vi como una invitada arreaba un raquetazo virtual a una buena amiga en pleno fragor del partido, un auténtico ‘directo’, sólo que como he comentado, estábamos jugando al tenis, no al boxeo; resultado un buen moratón. Pero la tercera vez fue la más escalofriante. Durante un decisivo lanzamiento de bolos rocé el mando con la rodilla de mi contrincante y al soltarse se rompió la cuerda. Se me heló la sangre mientras oía como ‘algo’ parecía romperse y esparcirse por el salón. Creía que eso sólo le pasaba a otros pero no, ocurre de verdad a cualquiera. Tras comprobar donde habían ido a parar las diferentes partes del mando, no sin antes confirmar que el televisor estaba intacto, pude respirar tranquilo y volver a jugar pero eso sí, con mucho más cuidado.

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